martes, 13 de marzo de 2012

La paz que envenena

A Anne Smith

Hay una paz que envenena,
funeral de la esperanza
entre claveles de envidia
y gladiolos de desprecio.

Hay una paz que cabalga
sobre potros de rencor
que con rabia el freno muerden
freno amargo que los castra.

Una paz de letanías,
que exasperan y fatigan,
hechas de orín de pocilga,
e iniquidad del Infierno.


No se ha de ofender a los dioses
que gobiernan su heredad,
carantamaulas que miran
con dignidad de bufón.


Duermen muchos corazones
en esta paz de los muertos,
y no recuerdan que son
jardines de libertad.

No quiero amables cadenas
ni amenazas de dulzor
sino que en mi alma despierte
mi destino adormecido.

Quiero alcanzar cada día
la alegría que me debo,
y, conduciendo mi nave,
llegar solo a mi puerto.

Quiero encontrar el amor
cada segundo que pase,
evitar la humillación
del alma que tiene hambre.

Hay una paz lacerante,
la del corazón cobarde,
gobernado por el viento
que entierra su laso nombre.

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