martes, 6 de marzo de 2012

Miguel Hernández

Como poeta de Orihuela, a la hora de comenzar este blog, donde irá apareciendo el producto de mi afán por representar la palpitación afectiva que se halla en la esencia de nuestra identidad más particular, me siento en el deber de recordar a un hombre que padeció la acción represora de enemigos de la libertad y de la sagrada diversidad humana. Antes de morir, aún se rompió su voz en las Nanas a la Cebolla, que querían aplacar el llanto de hambre y sufrimiento de su hijo pero  también denunciar la pérdida de la ternura y humanidad de los hombres. Su garganta se entregó al silencio definitivo tras el patetismo y la esperanza de esta última obra compuesta desde la cárcel, donde murió tiempo después. El Arte es un camino espiritual que se basa en la premisa de que la conciencia de la Humanidad ha de emerger del interior de cada individuo, lo más genuinamente particular de nosotros es lo que más nos acerca a los demás, en contra de lo que piensan los regímenes totalitarios. Mientras temamos a la libertad, nuestro corazón estará cerrado, nuestras auténticas potencialidades individuales estarán aletargadas y nuestra vida será infeliz por muy segura que creamos que esté. En estas Nanas de la Cebolla, Miguel Hernández Gilabert, prisionero del régimen de Franco, se muestra infinitamente más libre que sus carceleros, pues la libertad de un poeta y la de todos aquellos en quienes evoca algo un poema es una libertad del corazón, la libertad de permitirse ser uno mismo.

Nanas de la Cebolla


 . 
La cebolla es escarcha 
cerrada y pobre. 
Escarcha de tus días 
y de mis noches. 
Hambre y cebolla, 
hielo negro y escarcha 
grande y redonda. 
En la cuna del hambre 
mi niño estaba. 
Con sangre de cebolla 
se amamantaba. 
Pero tu sangre, 
escarchada de azúcar, 
cebolla y hambre. 
Una mujer morena 
resuelta en luna 
se derrama hilo a hilo 
sobre la cuna. 
Ríete, niño, 
que te traigo la luna 
cuando es preciso. 
Alondra de mi casa, 
ríete mucho. 
Es tu risa en tus ojos 
la luz del mundo. 
Ríete tanto 
que mi alma al oírte 
bata el espacio. 
Tu risa me hace libre, 
me pone alas. 
Soledades me quita, 
cárcel me arranca. 
Boca que vuela, 
corazón que en tus labios 
relampaguea. 
Es tu risa la espada 
más victoriosa, 
vencedor de las flores 
y las alondras 
Rival del sol. 
Porvenir de mis huesos 
y de mi amor. 
La carne aleteante, 
súbito el párpado, 
el vivir como nunca 
coloreado. 
¡Cuánto jilguero 
se remonta, aletea, 
desde tu cuerpo! 
Desperté de ser niño: 
nunca despiertes. 
Triste llevo la boca: 
ríete siempre. 
Siempre en la cuna, 
defendiendo la risa 
pluma por pluma. 
Ser de vuelo tan lato, 
tan extendido, 
que tu carne es el cielo 
recién nacido. 
¡Si yo pudiera 
remontarme al origen 
de tu carrera! 
Al octavo mes ríes 
con cinco azahares. 
Con cinco diminutas 
ferocidades. 
Con cinco dientes 
como cinco jazmines 
adolescentes. 
Frontera de los besos 
serán mañana, 
cuando en la dentadura 
sientas un arma. 
Sientas un fuego 
correr dientes abajo 
buscando el centro. 
Vuela niño en la doble 
luna del pecho: 
él, triste de cebolla, 
tú, satisfecho. 
No te derrumbes. 
No sepas lo que pasa ni 
lo que ocurre.

Miguel Hernández Gilabert

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