lunes, 9 de julio de 2012

Duelo por el hombre

No añoro el consuelo absurdo 
de un descanso anestesiado 
que no disfrutaré 
para mi cuerpo y mi mente 
cuando el fin llegue 
y la corrosión los arruine. 
Mi lamento es puro, 
como el llanto del recién nacido 
y no un flirteo al que me lleve 
la voluptuosidad de la pereza. 
Mi lamento es por el hombre, 
esa triste emanación del barro, 
ese lúgubre habitante del vacío, 
esa criatura extraviada en la nada, 
que camina con dolor 
un breve trecho, 
sin apenas conocer el placer. 
La vida no dura nada, 
muy pronto llega el último día, 
crueldad definitiva 
al final de un sendero cruel, 
sombra que se embosca 
tras cada tristeza del alma 
y que hiela el corazón 
como el odio de nuestro hermano. 
No hay descanso en el dolor, 
cada hora se presiente, 
no nos abandona el sufrir, 
solo permanece el llanto 
en los recovecos del alma, 
morimos como vivimos, 
lamentando haber nacido 
y sintiendo, con pesar, 
los remordimientos de nuestros padres. 
¡Qué breves son nuestros días 
y qué duro es tu corazón, amiga! 
Con tu abandono, 
me has quitado, 
lo que apaciguaba el tiempo, 
lo que alejaba el dolor, 
lo que remediaba mi caducidad, 
lo que me hacía soñar 
un mundo sin el frío sufrimiento. 
Solo tú me apartabas 
la visión de la muerte 
pero te has ido 
y, ahora, es ella mi compañera. 

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