domingo, 29 de julio de 2012

Tu bendita sonrisa

A Isi Dávila 

Te diré, mi dulce amada, 
que, al principio de mi vida, 
tierno niño y sin malicia, 
todo el mundo me quería. 
Con el andar de los años, 
sufrí, de algunos, la envidia, 
su placer en torturarme 
con su maldad y perfidia, 
niños malos que clavaron 
en mi corazón espinas. 
Recién salido de niño, 
más amigos no tenía 
que dedos en una mano, 
no todos con bonhomía. 
Pasando ya de los veinte, 
ni los amigos me hacían 
salir de mi soledad; 
cuando la noche caía, 
conversaba con un cuadro 
que en mi habitación había. 
Y, avanzando por los años, 
sin amor ni compañía, 
sin amigos, sin afecto, 
frío mi pecho sentía, 
y, con sarcasmo, pensaba 
que era una cruel ironía 
mezclada con petulancia 
cuando un hombre presumía 
de conocer el amor. 
Dejó mi padre la vida 
por todo el mundo olvidado, 
reo de la Medicina, 
mártir de los hospitales, 
de los enfermeros víctima, 
juguete de celadores. 
Y yo lloré en la casilla 
donde él estaba enterrado; 
mi corazón me decía 
lo solos que están los muertos, 
y las personas, qué frías. 
Empleando mi sarcasmo, 
trabajando cada día, 
contra el Mal, la vanidad, 
y la crueldad escribía. 
Mas la soledad del alma, 
incrustrada me seguía; 
odiaba la indiferencia 
que hacia mi talento había, 
el silencio que, a mi puerta, 
el mundo entero me hacía 
el abandono de todos 
cuando su voz les pedía. 
Y muchas veces también, 
cuando el amor conocía, 
en lágrimas se acababan 
mis amorosas porfías, 
rechazado como hombre 
por quien era solo amiga. 
Y ese día que viniste 
al escuchar mi agonía 
y me pediste amistad 
con tu bendita sonrisa, 
la Soledad, de mi pecho, 
por los poros se evadía, 
abandonó el corazón, 
del perro que más quería, 
huyó hasta un pozo infernal 
temiendo por tus caricias, 
se hizo bestia errabunda 
que en ningún lugar habita. 
Me enseñaste que el amor 
nada pide y nada quita, 
que, como el viento, es real 
y en la libertad germina. 

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