domingo, 19 de agosto de 2012

El vestiglo

Yace ante mí 
la infelicidad que en mi vida hallara, 
encantado vestiglo 
de negro corazón. 
En desigual batalla ha caído 
por mis brazos vencido 
pero, aunque sus estertores, 
roncos y temibles, 
que escupen fuego y veneno, 
sobre la tierra que muerde, 
puedo escuchar con horror, 
los recelos no me abandonan, 
la amargura aun se agarra 
a mi frágil corazón, 
pues ¿quién sabe, 
después de tanto sufrimiento,  
si más y mayores desgracias 
acudiendo en su ayuda 
no reanimarán su cuerpo 
y alzarán su imperio de nuevo 
en los predios que le he ganado?  
¡Ah, Isabela, te imploro,
mi valerosa heroína, 
que, pues exhausto me hallo, 
tomes mi espada 
y, con el sangriento acero, 
su pecho escamoso hiendas! 
Remátalo 
para que no quepa duda 
de que ha muerto para siempre 
y, después, dame un abrazo, 
besa mi boca ansiosa 
y quítame esta armadura 
que me ha salvado la vida 
pero ha dormido mi corazón. 

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