miércoles, 12 de septiembre de 2012

Cuando te echo en falta

A Marta Moran

Cuando te echo en falta
y temo que tu ausencia sea para siempre, 
mi alma salada, 
hecha del mar y del barro, 
se agita como en la tempestad 
pero el corazón me da el remedio 
para esta inquieta agonía 
y, como al condenado a muerte 
que quiere resignarse a su destino, 
me trae 
la más amarga de las tristezas, 
como un bálsamo que aplica 
a mi turbulenta mente. 
De toda incertidumbre me libera, 
pero me trae 
oscurísimas certezas, 
que mi corazón saborea 
como si fuera la miel más dulce 
¡Qué salvífica tortura, entonces, 
la realidad de tu desamor, 
el dolor de no tenerte, 
la frustración de hombre 
de no ser nada para ti, 
salvo un poeta excelente 
al que nunca darías 
besos de mujer! 
La amargura más honda 
viene como un ungüento 
y me dice 
que no me amas, 
pues ciertamente soy para ti 
vacilante marioneta 
manejada 
por la duda y el miedo. 
Isabela, es miel para mi pecho 
pensar que envejeceré solo, 
que mis manos desiertas 
solo la muerte tomará 
para hacerme su amante, 
que el final de mis días 
será el más triste que ha vivido un alma. 
Isabela, esa amargura en mi pecho 
me hace reparar 
en que tus perfecciones, 
que alcanzan a todo tu ser, 
te alejan de mí, 
un triste despojo, 
solitario y débil, 
que no llega nunca 
al centro del corazón de una mujer. 
No puedo tenerte, 
Isabela, 
por eso muero de dolor 
pero dulcemente, 
la amargura lo llena todo en mi alma 
pero es como un bálsamo, 
se desgarra mi corazón de pena 
pero la paz me invade 
porque me olvido de una inquietud peor 
que la humillación de mi hombría, 
que la soledad de mi alma, 
que tu desamor, 
que no poder hacerte mía, 
que vivir sin coger tu mano o besar tu boca, 
una inquietud peor, Isabela, 
que la más horrible de mis frustraciones 
y es que me dejes 
sin el saludo sencillo con el que apareces 
pues te amo sobre todas las cosas. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario